La razón por la que los baristas de Starbucks escriben nuestros nombres mal

En 2008, yo tenía unos cuantos centavos en la bolsa, una computadora portatil y mucho tiempo libre. No tenía internet en mi casa, tampoco tenía trabajo, practicamente era un muchacho chaqueto que quería descargar todos los discos del mundo y películas para verlas en la soledad de su casa durante las frías noches de invierno. Claro, iba a la universidad, pero los hijos de puta nos bloqueaban casi todas las páginas del mundo el WiFi fallaba en casi todos los salones.

Un día abrieron un Starbucks relativamente cerca de mi casa, así que podía ir caminando. Porque, ustedes saben, mis padres nunca me dieron un coche a los 16 mientras se quedaban en la puerta de nuestra casa viendo como yo fui feliz alegre al meterme y arrancarlo por primera vez. – Cielos, escucha ese motor, es un 6 cilindros. En realidad no sé que es un seis cilindros porque los autos no me pueden valer más madre en lo mecánico, pero ustedes entienden. Y vivía en un departameto y mis padres son divorciados, así que nunca nadie iba a verme desde el portico para después comer mantecado y descansar viendo Late Night with Conan O’Brien.

Total, iba caminando al Starbucks, la cumbre del neoliberalismo en los inicios de los dosmiles para nuestro México clasemediero, Carlos Salinas hubiera estado orgulloso. Paréntesis, la versión noventera de eso hubiera sido ir al estúpido Costco por 27 rollos de papel de baño para meterlos a la Caravan de mamá. Pero tenía como 5 años así que no me acuerdo de nada. Bueno, me acuerdo de que un niño abusivo le aventó su guasón a un niño tarado. El abusivo ahora ha de ser un abogado violador o algo así que va a la iglesia los domingos y come todos los días con sus cuatro hijos.

Llego al Starbuck, con mi mochila de emo. No el morral morado o el messenger bag con un print de Bleach, sino una mochila Chenson negra que usaba cruzada porque así la traía un personaje de videojuegos. Traía unos cuantos pesos y en esos tiempos el Venti del día costaba solamente 17 pesos. Y la leche estaba en barra para poner a discresión, así que con 17 pesos era como un free ride de toda la leche que quisieras. Además estaban los pimienteros con chocholate, vainilla y lo que sea que signifique nutmeg.

Por supuesto, iba por el WiFi gratis. En ese tiempo era un modem 2WIRE cualquiera de Telmex, así que ellos te daban una clave en un papel, todavía no venía en el ticket. Era el tercer Starbucks al que iba en mi vida y muy parecido a los DF, aunque en Guadalajara vi uno padre en un centro comercial con unos teens que cumplían mi sueño adolescente (como Javiera Mena): tomar lattes y frappucino (o como se escriba) con los tenis en sillones mientras reían tomandose fotos estúpidas para luego irse a patinar. O drogarse. Que sé yo, lo que iba después no me interesaba. En corto: quería el video de Complicated  de Avril Lavigne. Eso delata mi edad. JA!

Me sentaba horas, tal vez 5. El café ese me alteraba mucho si me lo tomaba muy rápido. Era un mal viaje de café para un paladar y organismo no acostumbrado a tomar café. Orinaba mucho, entonces pedía un Kensington Lock para amarrar mi compu a la mesa de trabajo. Porque los pros usamos la mesa de trabajo en Starbucks. A las 4 horas ya estaba temblando, me dolía la cabeza y tenía hambre. Bajaba podcasts, películas, me iniciaba en Twitter,  ponía muchas pendejadas en Twitter, entraba a foros como Demonoid para conseguir ligas de discos vía Torrent. Carajo, todavía servían las ligas de Megaupload.

Había una moda entre los nerdos y resentidos sociales que usamos Twitter desde 2007, era hablar de Starbucks, de como escribían nuestro nombre mal o como había baristas tarados que trataban mal a los señores que pedían un café mediano. En ese tiempo, tomabas una foto con tu celular pitero, un Sony Ericsson por ejemplo, tomabas la fotillo de algo cagado y la pasabas por cable o Bluetooh a tu computadora para adjuntarla en Twitpic y subirla a Twitter. Neta. Y ahora nos da hueva dar un pinche clic más para subir una foto desde el iPhone. Por cierto, en ese tiempo usaba un Samsung con un sistema operativo de risa y puerto de audífonos propietario, pero se veía taaaan cool. Casi cuatro año después lo seguía usando y me consiguió un score con la mujer de mi vida (sí, tú, la china del café del Codo, te amo).

Otra cosa que compartíamos en Twitter (¡no usabamos Facebook!) eran fotos de como los baristas escribían mal nuestros nombres. Yo me llamo Paco, pero siempre me decían Marco. Chale, también en los eventos me escribían Marco en mi gafete. Igual es porque no se me entendía nada y hasta que hice un programa de radio con mis amigos en el que perdí la diginidad y el miedo, ya practique más el hablar en público. Lo que es un hecho es que me sigue cagado hablar por teléfono con desconocidos. Ya luego fui reportero y lo tuvo que hacer, pero me sigue irritando.

Un juego en ese tiempo era decirle nombres pendejos a los baristas. Un clásico era Machete. Yo una vez fui Solrac.

Y hoy vi este vídeo y me acordé de todo esto.

http://www.youtube.com/watch?v=hPbrlNsMTg4

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