El Sentido de los Sentidos

Por José Miguel Ángel Ramos Arcila

Alguna vez probó apenas una tisana de manzanilla,

y la devolvió con una sola frase: “Esta vaina sabe a ventana”.*

Una camioneta se detiene a media calle y su conductor hace sonar el claxon varias veces. Me detengo. Observo que no hay razón aparente para que pite. Un señor, que espera que pase su camión, voltea también a ver al ruidoso. El conductor sonríe y mueve enérgicamente el brazo hacia los lados para saludarlo. El señor lo reconoce, le devuelve el saludo con más moderación y menciona su nombre, como para que sepa que todavía lo recuerda. Entonces Ulises -así lo llamó- arranca y se va.

Me puse a reflexionar qué es lo que provoca esa alegría instantánea cuando por casualidad nos encontramos a un amigo en la vía pública. No sé si “casualidad” sea la palabra adecuada, tratándose de una ciudad tan pequeña como Aguascalientes. La sorpresa debería ser proporcionalmente igual a la coincidencia, pero no es así.

Seguramente la emoción que da saludar a alguien en la calle es porque a través de la mirada del otro se satisface la callada necesidad que tenemos de certificar nuestra existencia. Es importante que alguien nos vea para saber que seguimos vivos.

Eso explica el rostro inexpresivo de la gente que va sola en los camiones. Es como si hubiera una regla que prohíbe sonreír si no vamos acompañados, y quien osa levantar las comisuras de los labios en plena soledad manifiesta evidentes síntomas de locura.

Como la existencia no es exclusiva de la vista, sucede lo mismo con el oído. Si, después de abrir la puerta de la casa, anuncio que ya llegué, no lo hago para que lo sepan, sino para saber que todavía me escuchan, que todavía sueno. Es un alivio recibir una respuesta.

En la novela El perfume el protagonista, Jean-Baptiste Grenouille, percibe el mundo a través de su prodigioso olfato. Para él las palabras sólo tienen sentido al conocer su olor.

El tacto es otro sentido con el que validamos nuestra existencia ¿Qué sería del hombre si no pudiera tocar las cosas? ¿Qué sería de las cosas si no fueran tocadas por el hombre? ¿Quién de los dos dejaría de existir? Porque no puede existir algo si no es descubierto. Al tocar las cosas les otorgamos vida; al sentirlas nos sabemos vivos.

En Facebook con frecuencia publicamos fotos de lo que realizamos. No podemos vernos físicamente, ni sentirlos o escucharlos; ni podemos siquiera conocer nuestro olor. Ahora para confirmar nuestra existencia ya no son necesarios los sentidos. Facebook es el espejismo de la vida. En lugar de hacer gritar o agitar los brazos para que nos vean, publicamos la foto de lo que vamos a comer; y eso es un esfuerzo desesperado, incluso más triste que el de Ulises, de no morirnos.

Me niego a usar esa prótesis de vida. Mientras no haya otra persona que le dé sentido a mis sentidos caminaré con la expresión seria, casi melancólica, de quien acaba de perder a un hijo.

Hace tiempo tuve una novia loca con la que aprendí a jugar al cíclope. Ahí estaba yo, como diría Sabina Berman, mirando tus ojos que miran mis ojos que miran tus ojos mirar. La quise mucho. Nunca me sentí tan vivo.

¿Será que el amor no es otra cosa que un sentimiento de gratitud a la persona que se toma el tiempo de darnos vida?

@kenia1988

*Fragmento de El amor en los tiempos del cólera.

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