El Sentido de los Sentidos

Por José Miguel Ángel Ramos Arcila

Alguna vez probó apenas una tisana de manzanilla,

y la devolvió con una sola frase: “Esta vaina sabe a ventana”.*

Una camioneta se detiene a media calle y su conductor hace sonar el claxon varias veces. Me detengo. Observo que no hay razón aparente para que pite. Un señor, que espera que pase su camión, voltea también a ver al ruidoso. El conductor sonríe y mueve enérgicamente el brazo hacia los lados para saludarlo. El señor lo reconoce, le devuelve el saludo con más moderación y menciona su nombre, como para que sepa que todavía lo recuerda. Entonces Ulises -así lo llamó- arranca y se va.

Me puse a reflexionar qué es lo que provoca esa alegría instantánea cuando por casualidad nos encontramos a un amigo en la vía pública. No sé si “casualidad” sea la palabra adecuada, tratándose de una ciudad tan pequeña como Aguascalientes. La sorpresa debería ser proporcionalmente igual a la coincidencia, pero no es así.

Seguramente la emoción que da saludar a alguien en la calle es porque a través de la mirada del otro se satisface la callada necesidad que tenemos de certificar nuestra existencia. Es importante que alguien nos vea para saber que seguimos vivos.

Eso explica el rostro inexpresivo de la gente que va sola en los camiones. Es como si hubiera una regla que prohíbe sonreír si no vamos acompañados, y quien osa levantar las comisuras de los labios en plena soledad manifiesta evidentes síntomas de locura.

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¿Y el cine en Aguascalientes?

DE DARREN ARONOFSKY Y EL CINE EN AGUASCALIENTES

Por José Miguel Ángel Ramos Arcila.

En la universidad conocí el cine de arte. Tuve que ponerme al corriente viendo todas las películas aburridas que había dejado pasar. Porque hasta entonces las películas tenían el único propósito de entretenerme, no de hacerme reflexionar. A partir de ahí ya no iba al cine para reírme, sino para descubrirme enfermo.

Así conocí las películas de Darren Aronofsky, en medio de la fiebre más terrible. La primera película que vi de él en el cine fue El Luchador. Qué actuación más natural nos regaló Mickey Rourke, qué pureza la de Marisa Tomei, qué historia más triste y qué final tan hermoso; de esos en donde deseas saber qué pasó después pero que entiendes que ya no queda nada más por contar. Dos años después pensé lo mismo sobre la historia y el final de El Cisne Negro. Y estuve enamorado de Natalie Portman de ahí hasta que supe de su embarazo.

Hace poco fui a ver a Darren al Festival Internacional de Cine de Guanajuato (GIFF por sus siglas en inglés), donde se le rindió homenaje por su trayectoria cinematográfica y se le hizo entrega de la Cruz de Plata. No sé si sea un reconocimiento importante pero al menos lo consideré una oportunidad única para verlo en vivo.

Foto: Carlos Delfín

Foto: Carlos Delfín

Llegué casi tres horas antes al Auditorio del Estado. Como había, a lo mucho, veinte personas, pensé que quizá me había equivocado de lugar. Sin embargo una chava me hizo saber que me equivoqué al pensar que me había equivocado. Nos dejaron pasar hora y media antes de que iniciara el evento. Agarré buen asiento, tomando en cuenta que muchos decían que estaban reservados. Luego me di cuenta que esas etiquetas eran del día anterior y que no tenían mayor vigencia. La prensa, pensando ingenuamente que iban a respetar sus lugares especiales, se llevaron una sorpresa cuando llegaron diez minutos antes de la hora de la conferencia.

Por fin llegó el mediodía. Después de un intento fallido de homenaje en mapping 3D, Sarah Hoch, directora del GIFF, anunció a Darren y éste apareció en medio de la ovación del auditorio, que para esas alturas estaba a reventar. Y ahí estaba el director de El Luchador, con sus tenis New Balance, su pantalón café, su camisa gris, sus lentes y su gorra de Noah, su próxima película.

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