De intercambio: Entrevista con mexicano en París, Francia

Un paseo por Francia, la experiencia de Pável Ernesto Závala Medina (@moduspavel)

MEXICANOPARIS

El día 26 de septiembre de 2012 llegué al aeropuerto Charles de Gaulle en París. Así comenzaba una estancia de ocho meses como Asistente de Español en tierras galas. Pero todo el asunto empezó un año antes, cuando llené la solicitud en línea para el programa antes mencionado de la Secretaría de Educación Pública, a través de la Dirección de Relaciones Exteriores. Bueno, no fue exactamente un año antes de mi llegada a París, fue un poco menos, porque la convocatoria se abre en julio y cierra en noviembre, y como buen mexicano me esperé a la última semana para llenarla, lo cual incluía escanear ciertos documentos y enviarlos en formato PDF – que no excediera cierta cantidad de megabites.

Después de esa solicitud vinieron los filtros, el envío de documentos a la Ciudad de México cada mes, entrevistas por Skype, más documentos al D. F. y a Francia – al menos una vez al mes había que enviar algún documento o llenar alguna forma en línea. Y luego vino un complejo sistema matemático que, utilizando los resultados de las entrevistas y los CV, determinaba a dónde se iba cada uno de los asistentes y si trabajaría en una preparatoria o una secundaria. Creo que el sistema se llama “Disparejo 2.0”. En agosto vino la última etapa de la preparación, el papeleo y el aleccionamiento con un curso en las oficinas de la SEP: un edificio digno representante de la historia de México.

Finalmente, después de despedidas y promesas, vino el viaje. Y ahí estaba, en medio del aeropuerto parisino, con otros compañeros de Aguascalientes y otros estados: en total, los asistentes de ese año fuimos 132, sin el hashtag, mera coincidencia. A mí me tocó trabajar en el Lycée Henri Becquerel, en Nangis, un poblado a 45 minutos de París, con 8000 habitantes y que fue la sede de entrenamiento de la selección mexicana de futbol durante la Copa mundial de 1998. Por supuesto, no sólo me tenía que preocupar por preparar clases para adolescentes franceses, que no son muy diferentes de los mexicanos, también me tenía que preocupar por el alojamiento, el papeleo con la Oficina de Inmigración, la compañía de teléfono, la cuenta de banco: ni tiempo tuve de ponerme nostálgico durante el primer mes.

Decir que extrañé la comida mexicana es un estereotipo, y en realidad no la extrañé tanto: no fui al otro lado del mundo para llorar por los chiles jalapeños, la salsa y los frijoles. Fui a Francia para probar sus platillos típicos, sus quesos y sus vinos. Sí, se extrañan los condimentos y las especias de la comida mexicana, pero no tanto como para no olvidarlas con una copa de vino y unos cuantos quesos exóticos. Así que siempre evité los restaurantes parisinos de comida mexicana, así como esos paquetes que venden en los supermercados para preparar eso que los gringos llaman “comida mexicana”. Sólo una vez preparé tortillas de harina, para hacer quesadillas, claro, y en tres ocasiones preparé mi versión de los “frijoles puercos”, un plato propio de Sinaloa, de donde soy originario; y las tres veces fue para que mis amigos franceses pudieran comer algo de verdadera comida ¿mexicana?, ¿sinaloense?, bueno, comida hecha por un migrante mexicano. Lo que verdaderamente extrañé fue el sol: llegué a pasar un mes entero viendo un cielo nublado y nada de sol; y cuando llegó el invierno, los días grises se acortaron: para las 17 horas ya era noche cerrada. Hay que decir que el invierno de ese año fue particularmente frío y húmedo, tanto que los propios franceses se quejaban de él – ningún estereotipo aludido.

Por supuesto, había reuniones con amigos asistentes mexicanos y de otros países hispanófonos: con ellos recorrí Bruselas, Brujas y Gante en Bélgica; Venecia, Milán, Turín, Florencia y Roma en Italia. Pero como siempre he sido medio sangrón, sólo me juntaba con ellos durante las vacaciones, durante los periodos de clase solía relacionarme más con mis colegas del liceo, tanto que me invitaron a cenar con ellos no sólo en Navidad sino también  en otras ocasiones, por el puro gusto de platicar de otro país tan lejano y tan diferente al suyo como lo es México.

Otros viajes que hice solo y que recuerdo con mucho afecto fueron a Praga, en República Checa, porque siempre he admirado a Milan Kundera y quería conocer la ciudad; a Burdeos y a Saint-Malo, porque no todo es París; y al Monte Saint-Michel: una abadía medieval que me ha obsesionado desde que la vi por primera vez en el Pequeño Larousse Ilustrado, a la edad de siete años.

Foto de banner: https://www.flickr.com/photos/hugobernard/ (vía CC)

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