Ligando señoras con un hijo en un antro

Hace como dos fines de semana fui a un conocido antro de la ciudad en donde actualmente estoy viviendo. Entre mis amigos y yo discutíamos las distintas opciones: “vamos al centro”, “acaban de abrir un bar ahí por Zaragoza y Madero”, “hay que ir a los Remedios de Panchita (pobres asnos ésos que dicen Panchita, neto)”, “vamos al pelos”, etc. etc… Ustedes saben, típica platica de no saber que hacer en una ciudad en crecimiento pero que no deja de ser la provincia mexicana.
Estábamos animándonos a ir al Pelódromo cuando alguien mencionó que fuéramos mejor a un antro pitero con nombre de cantanta de Jazz (da igual cual, puede ser el Dean Martin o el Sinatra o el Ella Fitzgerald), que porque conocía al gerente y no sé qué tanta cosa. Como nos habíamos reunido para ver los juegos divisionales de la NFL, éramos puro tornillo y primero pensé: “qué verga, esto se va a ver medio raro ya lleguemos al antro”. Ah, la excusa era el cumpleaños de uno de nosotros.

Mientras que un amigo y yo seguíamos viendo el juego con toda la testoterona que implica ver a hombres muscolosos de 100 kilois tras un balón, los demás se fueron a arreglar y toda la cosa: camisita de mirrey, tus mejores papos, la loción carísima… “Ya ni las niñas”, pensé. Y pues ya saben cómo es uno: botas de ésas “industriales” de ingeniebro civil, pantalón de mezclilla, una chamarra negra equis y ya. Tranquilón.
Nos fuimos como a eso de las 11 de la noche porque decían que a ésa hora estaba poniéndose chido el lugar y para ambientarnos le quemamos las patas a satanás poquito… ya saben ése mito de que la música electrónica y la hierba se llevan muy bien. Sigo intentando comprobarlo. Nos paramos antes en el cajero porque de pendejo dejo que pasen mi tarjeta en ese lugar y alguien mencionó que mejor fuéramos a comer alguna delicia Las Alitas y dejáramos abajo. Pero pues terminamos llegando al mentado CLUB. Sí, CLUB.
Primero vimos que el estacionamiento del lugar ya estaba lleno y ni siquiera nos formamos al valé (je) parking, le dimos la vuelta a la cuadra y dejamos el coche sobre una avenida donde había chance 50/50 de que lo robaran. Habría que caminar. Era poca la distancia, pero quién chingados llega caminando al antro, ¿no? Una vez en la entrada, salió el gerente del lugar y reconoció a uno de mis amigos. Se saludaron así de mano y choquecito de hombros. “–¿Qué pasó, PAPÁ? -¿Cómo andas? –Bien, goe, ¿tú? –Bien, bro… ¿cuántos vienen? –Seis. –Ahorita los pasamos.” Dirán que nada que ver, pero no pude evitar pensar en las niñas que aflojan las pompas para pasar. Así me sentí. Chingao. Flojito.

Después de que los gorilas de la entrada nos fajaran (una disculpa a los gorilas porque no son tan mal encarados como los guarros), entramos. He de ser sincero y tenía desde el 2012 sin entrar a un antro y pues ésa clase de lugares no cambia nada: fresitas sabrosas en vestidos cortitos, las chubbies con buena autoestima -que me la ponen morada del coraje…-, las clásicas gold-diggers y el espécimen más buena ondista del lugar: el mirrrey.

El mirrrey es algo clásico. La camisa con las mangas dobladas, pantalón entubadísimo y los zapatitos de marinerito o mocasín de-a-huevo. Ah, claro, no olvidemos el putazo de gel en la cabeza.

“Hubiéramos ido al putero, güey”, le dije a un amigo que me contestó asintiendo y con cara de fastidio.

Llegamos a nuestra mesa no sin antes checar la mercancía del lugar y en eso llega el mesero. Pedimos el chingazo de alcohol porque estábamos festejando un cumple y había que festejarlo en grande, ¿verdad?. Y fue todo. No estoy seguro pero me parece que es la primera vez que voy a un antro acompañado de puro cabrón y no mames qué incómodo se siente. Me acordé de esos videos en los que los autores imaginan cómo sería el mundo al revés. Ya saben, esos donde las niñas actúan como los hombres y llegan a ligarnos.
De repente quitaron la música del lugar, prendieron los fuegos pirotécnicos (porque qué verga, right?) y que empieza a tocar un grupo. Sí, goey, un grupo en un antro. Me sentí en uno de esos lugares deprimentes donde van señoras de 40 años a bailar las de Timbiriche o Miguel Mateos ante goeyes de 20 años que nomás quieren una pucha fácil y que les inviten la peda, o un pedo así como para chavorrucos. Ahí definitivamente me dije ya qué chingados y a beber como si fuera caldito de pollo.

Estaba criticando a la vocalista del grupo ése cuando de repente, un amigo que quién sabe a dónde se había ido, trajo a dos chicas a la mesa. Me acordé de una porque mientras iba al baño a acompañar a otro güey (o sea niñas, no sólo ustedes van a echar chisme al baño), vimos a una mujer de ésas de cuerpo de tentación y cara de arrepentimiento, enfundada en unos pantalones de cuero como enseñando el producto.
Cuando la reconocimos, nos volteamos a ver ya arrepentidos: era una señora como de 35 años y su amiga de algunos añitos menos. Quizá. El del cumpleaños fue el primero que se avivó y se le pegó para ver cómo estaban las aguas y el que las trajo se adueñó de la otra. No pasaron ni diez minutos cuando llega el festejado y me dice: “paso, güey, la ruca tiene un hijo”. What the FUCK!? ¿Es real?

Hubo incluso un momento en que la señora ésta se me acercó y se tomó un par de fotos conmigo

Empecé a ver cómo los otros personajes en la mesa comenzaban a acercarse a las presas (?) de la noche y me puse a pensar en lo pendejos que nos podemos ver los hombres cuando andamos detrás de los huesitos de alguna chica… pero ése es tema para otra ocasión. Hubo incluso un momento en que la señora ésta se me acercó y se tomó un par de fotos conmigo. Miedo pensar en que su hijo vea a su mamá puteando con otros cabrones que no son su papá pero pues así es esto de la abarrotería.

Ya casi para que nos cerraran el lugar, el festejado que no quería irse sin haber probado las mieles del éxito (no pun intended) y les dijo que si querían ir a un terreno allá por el Picacho a lo que las… mujeres dijeron que no porque claro que no son tan putas, ¿verdad?

Pagamos la cuenta, discutimos la posibilidad de seguirla, fuimos por unas cuantas botellas más a mi casa y en cuanto nos enteramos que el alcoholímetro detuvo a los otros tres, supimos que se había roto una jerga y lo mejor era que cada quien jalara para su casa.

Qué belleza esto de irte de antruki…

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